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Ucrónica V: Quédate siempre en el mismo lugar

Llueve muchísimo. Estoy solo desde que comenzó el día. Recuerdo entonces a san juan que me acompaña solapado: Entréme donde no supe / y quedéme no sabiendo, / toda sciencia trascendiendo / yo no supe dónde entraba, / pero, cuando allí me vi, / sin saber dónde me estaba, / grandes cosas entendí; / no diré lo que sentí / que me quedé no sabiendo / (…) Estaba tan embebido / tan absorto y ajenado / que se quedó sin sentido / de todo sentir privado; / y el espíritu dotado / de un entender no entendiendo (…) No transcurre el tiempo en silencio. No me han dejado de perseguir los hombres del día. No han dejado de bailarme alrededor del asiento a-d-o rumbo a méxico. Solicito palabras a la biblia: Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia…, a la televisión: …así que ya lo saben famosos, los estamos observando…, a Tomás Segovia: Mis besos lloverán sobre tu boca oceánica / primero uno a uno como una hilera de gruesas gotas / anchas gotas dulces cuando empieza la lluvia / que revientan como claveles de sombra… Ya regreso y ese ruido de afuera, un tan tan tan tan me aturde. El tan tan tan comienza a significar algo en mis huellas sonoras: no son clavos clavándose, no son camas meciéndose de cogorzas, no son dedos nerviosos que buscan eludir al de enfrente. Son recuerdos de estos edificios. Son sonoros recuerdos de las paredes testigos de lluvias, de arenas, de pleitos maritales. Llueve y nadie me besa. Esta otra agua no es mía, aunque alguna vez la haya respirado. En el boulevard puerto aéreo y su estación, suena el silencio. La abuela, torpe y macilenta le grita a otro nieto que regrese, que no la suelte de la mano, Que vengas rápido, ¡ismael, ismael! Los niños aprenden a extraviarse en el metro; después de dos o tres horas serán recuperados por sus padres, siempre y cuando permanezcan en el mismo lugar, pues en cualquier estación, vagón, calle o esquina, no somos ciudadanos de este mundo sino pasajeros en tránsito por la tierra prodigiosa e intolerable. Ya en el hotel buenos aires, me tranquiliza saber que la misma anciana del metro vende memelas de requesón con nopales y harto chile en la motolinía (poblanizador); y que su nieto le eche la mano me encanta.


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