
Martes, 25 de junio
Aunque tengo una cámara de fuelle que funiona perfectamente, hoy me he entretenido en hacer fotos imaginarias. Y, por primera vez desde que te has ido, he conseguido concentrarme en una tarea útil.
¿Lo creerás,amor? Apenas descubrieron mis intenciones, todos los rincones de la casa, y todos los objetos que hemos ido acumulando con los años, empñezaron a hecerme guiños suplicándome que losinmortalizara. Hasta hoy, hasta este solsticio de verano que avanza lentamente entre las araucarias,no me había dado cuenta de que también las coas que creemos privadas de emociones pueden sentir. De que todlo lo que nos rodea, tus plumines de acero, los grabados al cobre de este libro de botánica, hasta la cajita de cedro donde guardamos las medicinas, están animados por un fuego secreto.
Te preguntarás qué es lo que arde dentro de las cosas. Y, como siempre, no podría decirte. Pero me acerqué mis manos a uno de los lienzos que tienes arrumbados en el taller y tuve que apartarlas de inmediato. Me quemaba. Parecía arrasado por una extraña fiebre. Cuando, sobreponiéndome al temor de que empezara a arder, conseguí darle la vuelta, me di cuenta de que era un boceto de una examente tuya. ¿Lo creerás, amor? Se negaba a morir. Sus ojos eran grises como las cosatas del Báltico y, en la orilla, un par de ballenas grises agonizaban despacio, suplicándome en silencio que mi memoria las sobreviviera.
Sobrecogida por el descubrimiento, salí corriendo del taller y, en el zagúán miré con mis ojos nuevos las baldosas de barro y vi tus pies desnudos crepitando despacio, como si nada ni nadie, en todos los futuros que nos acechan, pudera arrancar del suelo la llama de tus pasos. Me acordé de esa película que te gusta, en la que todos los tiempos se confunden y el mundo es como un inmenso fresco barroco donde conviven sin mirarse los vivos y los muertos.
Entré en la casa, en fin. Era ya media tarde y mi corazón de fiera desmembrada pateaba sin rumbo por las habitaciones. Ardía too, amor. Ardía tu vestido de Balmain y tus cuadernos de notas y ardían también tus zapatos de ante y la camiseta del gato Silvestre que te pones por las noches. Y había un mar dormido en tus pinceles que empezaba a arder y temí por la vida de todos los marinesros embarcados.
Lo dijiste una noche, mientras tomábamos champán y nos reíamos, sentadas en la playa. "Todo lo que toco arde" Ahora sé que es verdad. Sé que es verdad. Y es inútil que intente hacer fotos. Que sólo los gurús y los iluminados, o yo misma, que estoy enamorada de ti como una perra, pueden ver cómo arde lo que has tocado.
(Del libro: Instrucciones para olvidar. Inés Marful)







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