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Lucía acaba de cumplir 80 años y ya no recuerda que vivió toda una vida conmigo

Continuación. Hojas en el viento del olvido.

Ahora que se encuentra en ese estado, me pregunto, a veces, porque debemos acabar así, casi inermes 2sin poder esperar a que la muerte venga a llevarnos en cuestiones de segundo, porqué tenía que venir así de a pocos y porqué tiende sus alas sobre los que más queremos, porqué no me abrazó a mí. ¿Por qué?

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Antes de que se le diagnosticara esta maldita enfermedad que ha abierto brechas como antes nunca las hubo, el buen humor de Lucía era imbatible, luego fue tornándose huraña y finalmente depresiva. No es fácil convivir así, a veces uno siente que el alma se le parte en dos o que no hallará las fuerzas para resistir tanta desgracia. En un arrebato quise dejarla pero no pude. Ella aguantó tantas cosas en mí, toda la vida, que no podía haber un signo de ingratitud.

Los síntomas empezaron a manifestarse paulatinamente. Primero, el inofensivo “ay se me olvido” se fue convirtiendo en una especie de pesadilla. Luego vinieron los cambios de lugar de las cosas; un día la plancha en la nevera del refrigerador, otro día el control remoto en el microondas, las almohadas en el baño, el perro a punto de ser trasquilado. Ya no podía andar sola porque se olvidaba el camino de regreso a casa. Dos veces la encontraron en el parque, sin abrigo, en pleno invierno, tratando al parecer de tomar sol, cuando la temperatura marcaba diez grados.

Así, ya no puede salir a caminar por las calles como lo hacia siempre, dando esos paseos interminables luego de los que solía venir comiéndose un sándwich de hot dog que preparaba la señora de la esquina y que tanto le gustaban comer con ketchup. Ya no podía dejarla sola con el perro por temor a que lo perdiera o quien sabe que cosa le podría hacer. Eso no es lo que da más tristeza, la pena real viene cuando nos ponemos en su lugar y entonces sentimos lo que es no poder jugar con un globo, lanzar una pelota, jugar con las hojas que vuelan al viento, llorar con el roce de una caricia, interpretar con los ojos una palabra. No se puede. Su vida se pierde a cada instante en un puerto nuevo que la aleja de todos, indiferente. No es el pasajero que desde el barco nos dice adiós con un pañuelo, es solo un pasajero que se va y en vez de despedirse se da media vuelta y emprende su huida al horizonte inacabable que se divisa en el mar.

Continuara. . .


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