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Viernes, 28 de junio

Hoy a vuelto a tenderse la niebla sobre la costa. Era tan hermoso mirar el bosque corriendo los visillos ... La mata de estramonio, tu bicibleta, el cobertizo, hasta una pala de dientes olviada en la hierba... todo parecía haberse convertido en una mano inmensa enfundada en un guante de visión sonámbula.

Soñaba contigo cuando un cielo enrabietado me despertó de improviso, y abrí los ojos y vi un relámpago de color azul calverse en el balcón y atravesar las sábanas de flores que he tendido en la reja. Sonreí con escepticismo: <<>

El agua arreciaba con furia cuando, como un capitán que recorriera el campo computando las bajas de su tropa salí al balcón y comprobé que, igual que la cometa de Tunguska, el rayo había arrasado gran parte de la flora autóctona y que únicamente dos supervivientes lloraban de pánico a veinte grados latitud sur. ESo desde el punto de vista geográfico. Desde el punto de vista amoros, justo donde, en mitad de la noche, un reptentino acceso de pasión nos enreda a las dos en una sola pieza de múscia de cámara.

Cogí lo que quedaba de nuestra bandera y lo extendí con cuidado delante, del fuego. Los dos supservieintes, una margarita roja y un crisantemo chamuscado por las llamas, ya elevaban los ojos hacia el artesonado del techo y , por un momento, dudé sin decir una oración o coger la escopeta para rematarlas.

Los antiguos miraban el destino en el vientre de las aves. ¿Había de ser menos yo? ¿No habbría de saber desentrañar nuestro futuro en el vientre despansurrado de nuestras pobres sábanas?

El gran Ambrosio Paré veía en las nubes las asehanzas de la suerte. ¿Y yo? ¿Habría de ser menos yo, que tenía ante mi una mujer ausente y un archipielago de pétalos marchitos?

Cogí tu libro de religión y lo habrí por la página 1074. Y leí en el libro del profeta Daniel: Conmprendí enteonces que la señal que el cielo me enviaba era simple: que tendría que ver renacer las flores en siete primaveras sucesivas hasta volver a verte y que, entre tanto, era mejor que este corazón de niña estupida que me ha dado la vida, estuvieras donde estuvieras, te levantarás orando en dirección a mi. Hasta que cualquier cirujano cardiaco que me abriera el pecho pudiera observar que no tenía adentro una víscera dividada en cuatro estancias de sangre. Sino una plaza de amor fortificada.

Fue la cartera la que interrumpió mis meditaciones. Y algo extraño debio de ver porque, al mirarme al busto, como suele hacer con absoltuo descaro, dio media vuelta y se alejó horrorizada.

<(Del libro: Instrucciones para olvidar. Inés Marful)

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