Continuación: MI ALMA SE QUEDÓ EN EL METRO
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Por fin llego al zaguán. Afuera siempre están los jóvenes chelenado. Aquí no hay lunes o sábado. Todos los días son los mismos para ellos. Y la verdad a mí me conviene, ya que afortunadamente siempre que no consigo ligar, o simplemente ando caliente, invito una cerveza a cualquiera de esos chicos: feos, flacuchos, pero muy bien dotados de “ahí”, los medio emborracho, y sale, ya la armé esa noche.
Muevo mi trasero como si de una pasarela de modas se tratase. Tomo la pecera y el chofer tira el dinero para que me pueda agachar y él ver mis lindas nalguitas.
Llego a Pantitlán. Sé que no hay que escoger: la línea rosa es mía, y el último vagón más.
No se puede ni caminar, la gente me avienta, tal pareciera que mis 1.60 de altura les permite pasar casi sobre mí. Pero eso no importa. Mi cuerpo se sigue moviendo como siempre.
Por fin llego a la línea rosa. Miradas atraviesan todo mi cuerpo desde lejos, no me dejan de encuerar con la mirada cuando aún no he llegado a la parte del último vagón.
Llega mi limosina anaranjada, las personas se arremolinan para tratar de entrar y no llegar más tarde de lo que ya se les hizo a su trabajo. A mí me da igual, nunca me correrían porque saben que soy la imagen de su negocio.
Escojo entre ese catálogo de mal gusto: morenos, blancos, lampiños, viejos. De todo: hoy se me antoja un blanquito, sirve de que me inspiro en el sueño que tuve hoy en la madrugada. ¡Ya lo vi! Ese niño lindo que le es imposible dejar de verme: 1.75 es más o menos su medida; lentes de intelectual que no le dejan ver mucho lo gay que es; ropa elegante y con un tono de represión; ojos cafés, labios semi rosados: no es muy parecido al de mi fantasía matutina, pero se acerca.
Me introduzco al tren, la gente ya no deja desenvolver a mis caderas como yo quisiera. Él me mira, y yo a él. Ahora sólo falta llegar a la siguiente estación para que haya movimiento fundamentado. Mientras, un viejo gordo y prieto ya está haciendo uso de mi rico culo: me frota y yo a él. No me importa excitarlo. Pronto llegaré con el propietario de mis sueños, de mi corazón y esta aventura de “metrar” se terminará.
Se detiene el tren, bajan dos y suben veinte, yo lucho por llegar al lugar donde mi amado se encuentra: ¡me ha sonreído! ¡Sí, efectivamente es el amor de mi vida! No puedo creerlo, ya era justo. Ahora, sólo estoy a un escaso metro de llegar con él.
... Continúa







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