
Miércoles, 26 de junio
Al final, me he resignado a cambiar las sábanas. Un imperativo de higiene, categórico y kantiano, te estoy oyendo reirte, me ha obligado a retirar las últimas sábanas que ter miraron dormir, y he visto el tiempo retroceder en bucles misteriosos hasta encontrar tus manos custodiando mi cadera. Pero no hablaré. Nadie sabrá jamás de qué forma me amas.
Por fortuna, llovía, y he salido al barlcón de nuestro cuarto. Son tan hermosas, amor, sus macollas de color turquesa, tan hermosas la hiedra y la flor de la pasión que trepan enredadas buscando los aleros...Puse un disco de Enya de esos que te ponen los nervios de punta y me interné desnuda en el balcón como si fuera un bosque dentro de un bosque. Una orgía de voces entretejidas te llamaban por tu nombre. Pero no lo diré. Sé que si lo pronuncio el tiempo se enredará en mis dedos y podré inventar un mundo isn maldad ni pecado. Y que todas las caricaturas culpables se sentarán a beber en tus labios de niña. Pero no lo haré. La casa se cierra en torno a mí como una ajorca de bronce tibio y el mundo es ada día más lejano, y ya sabes que, por lo demás, no tengo veleidades de mesías.
Colgué las sábanas en la barandilla y dejé que la lluvia las empapara despacio. Entonces, todas las flores de algodón que se morían de envidia viendo mi carne abrirse como una esponja en una copa d elicor de arándanos, se dejaron llevar con un gemido suave, y se decían al oído las ternuras que me cuentas y hasta algunas de ellas, que te han visto remar en mis ojos nublados, imitaban tu voz, tu timbre de contralto, y un susurro caliente y libertino como el breviario de amor al que confiaba sus éxtasis Lucrecia Borgia. Pero no seré yo quien lo escriba.
Me senté. Dejé caer la lluvia. Las flores de las sábanas yacieron por fin en un sueño sin barcos, y entonces me di cuenta de que mi cuerpo se había cerrado como un estuche viejo. Y de que guardo dentro una mujer clavada en la memoria y unos gastados lápices Alpino.
Rodó la lluvia, amor. Y me invadió una rabia loca. Y entonces escribí tu nombre entre las hiedras, y les conté esa forma remota en que me amas, y hasta hilé unos poemas tan atrevidos que parecían salidos de la plunma de Catulo, y no de tu boca, que hace puro todo lo que besa. Y traicioné nuestros secretos, amor, porque estoy sola, y ya no sé a quién contarle que he descubierto por qué la flor de la pasión tiene tres clavos en la corola, igual que un cristo.
(Del libro: Instrucciones para olvidar. Inés Marful)







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