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Lucía acaba de cumplir 80 años y ya no recuerda que vivió toda una vida conmigo

Hojas en el viento del olvido. (Ultima parte)

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La pérdida de la memoria fue progresiva, los inviernos se volvieron más inviernos que nunca cuando se esfumó su sonrisa y cuando los amigos más cercanos sucumbieron a los maltratos o insultos que sin querer decía. Todos se fueron alejando hasta quedarnos sin nadie, como empezamos, su mano en la mía o la mía en la de quien se iba convirtiendo en una extraña.

Aún dormimos en la misma cama, pero ya no soñamos el mismo sueño. Lucía emite sonidos guturales que desconozco y sólo de vez en cuando da pequeños saltos que –me imagino- deben ser de aquellas pesadillas que tenía cuando aún su enfermedad estaba empezando. Soñaba que un hombre vestido de negro la perseguía, ella corría desesperada, se trepaba a su cama, y éste hombre –a quien no veía el rostro- la empujaba hasta botarla. Entonces despertaba sudando frío y la consolaba con cuentos de antaño, que alguna vez ella misma me contó y ya no recordaba.

-Está muy bonita esa historia, me decía.

-Tú la escribiste

Entonces se perdía en un sueño apacible que duraba hasta la siguiente noche en que la pesadilla volvía. Ahora sus pequeños saltos me hacen pensar en varias cosas: quizá ese hombre, esa mujer o esa muerte que la persigue aún la tira de la cama en la que goza su sueño; o quizá entre tanto y tanto le traen de vuelta algún recuerdo de su vida que ella ya no sabe distinguir y se llena de angustia y ansiedad. Es muy triste pensar que el infierno de su olvido se traslade también a su físico y al hilo de vida que le queda.

Dicen los médicos que el Alzheimer empieza a manifestarse entre los 40 y 50 años y que puede prolongarse por 20 años incluso. Han pasado cinco años desde sus primeros ataques y pienso que quizá la enfermedad se está desarrollando más rápido de lo normal en ella. Me gustaría tenerla un poco más conmigo, acariciarla de vez en cuando, aunque me han dicho que debo acostumbrarme a su ausencia, que quizá Dios me dio el regalo de poder despedirme de ella e irla viendo 3desaparecer de a pocos como las hadas, como un acto de magia; y acompañarla en ese tránsito hacia su eternidad. Me han dicho que no me desespere, que lo intente, que intente pensar que un día se desvanecerá por completo y sólo yo habré tenido el privilegio de verla partir, de sentir su último aliento, de escuchar sus últimas palabras o ver sus últimos movimientos.

Me reconforta pensar que sí, que seré yo, quien nadie imagino que pasaría con ella los últimos días de su vida, quien estará a su lado como hasta hoy lo vengo haciendo. Cuesta dejarla partir. Cuesta muchísimo despedirse, pero todos los días al acostarla lo hago, para no tener que arrepentirme de no haberle dicho adiós, esa palabra que siempre es la última entre dos personas que se amaron tanto. Sólo espero que no me olvide, que donde quiera que esté se lleve mi amor, y que no olvide nunca que vivió una vida conmigo, y que siempre seré su mujer.



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