jueves, 27 de junio
Hablemos del dolor. Cuando era niña, si es que he dejado de serlo alguna vez, el dolor era sólo una palabra sumerida en la boca de la mére Thérése, una monja prodigiosa que, en una sola tarde, quiso enseñarme las ecuaciones de segundo grado y una vulva frondosa como un lago donde creí adivinar los arrabales de una ciudad en vela. Es justo decir, que, quizá por culpa de la segunda, nunca conseguí entender el secreto mecanismo de las primeras,
La escuela era un pasillo glacial e intermiable y, una madrugada, mientras yo intentaba sin éxito cuadrar una ecuación con la linetrna metida entre las sábanas, apareció de improviso la Mere Thérése y se metio en mi cama. Su piel olía a jabón de sebo y a limones pasados, pero sus manos eran hábiles como las de un maestro iluminista, y enseguida se hizo cargo del lápiz y, con un trazo imperceptible, para que nadie se diera cuenta de que no lo había hecho yo, anotó el resultado en uno de los márgenes de mi cuaderno.
Yo la miré agradecida y pensé en ese cuento de Andersen en el que tres hadas vienen todas las noches a hilar la lana de una muchacha que está secuestrado no recuerdo por qué. Ya sabes que tengo muy mala memoria para los cuentos. Pasaron los días y la mére Therese vino de vez en cuando a mi cama, y me hizo los deberes, y yo estaba sorprendida porque fuera de la cama aparentaba no reconocerme, como si aquel jergón de noventa fuera el único lugar del mundo en el que aquella mujer, a quien yo tenía por una matemática excelsa, pudiera sumar uno más uno con su cuerpo y el mío. Su cuerpo, una fragua temblando al borde de mis manos. Mi cuerpo, una taza de loza con una sopa tibia de números y estrellas.
Anduvo el tiempo, qué otra cosa va a hacer tiempo, tienes razón. Y una noche, muy tarde, sentí los pasos de la mére therese aproximándose a mi cama. Al momento la vi recortarse en la penumbra. Pero esta vez no llevaba su hábito de estameña oscura. Había atravesado la hilera sin ningún recato y, al internarse en el biombo tras el que yo dormía, ya no era un amujer. No volvió a serlo nunca. Ante mis ojos, que inmediatamente la tuvieron por santa, vi desplegarse los murales de una ciudad dormida y en la ciudad una calle y en la calle una casa y en la casa un cuerto y en el cuarto una cama donde una mujer le enseñaba a una niña de nueve años los secreto de Hécuba.
Se acercó, y antes de clavar la espina de su boca en mi sexo dijo una frase que no he conseguido olvidar en veinticinco años: <







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