Continuación: MI ALMA SE QUEDÓ EN EL METRO
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Así, termino de ducharme y me dirijo nuevamente a mi recamara moradita que tanto trabajo me costó que mamá dejara plasmar sobre las paredes, mismas que encima llevan doradas estrellitas y coloridas mariposas.
Busco los bóxers que más pegados me queden. Sí, esos que son tan delgados, sensuales y que con sólo poner un dedo sobre mi cuerpo me erizo totalmente. ¿Qué pantalones van hoy? ¡Ya sé! Ésos que ayudan a que cualquier mano, por grande o chica que sea, logre tentar mis agasajables glúteos.
¿Playera o blusa? ¡Hay! Que no puedo usar blusas ¿verdad?
Bueno, entonces la más escotada, llamativa y pegada a mis casi huesos, pero con excelentes movimientos manuales que ayudan a que pueda tocar cualquier extremidad masculina, por muy difícil u oculta de acariciar que sea.
¡Me veo genial! Sólo paso mis manos por la cabeza, para que así, ésas determinen el volumen y forma del cabello que con tanto trabajo (más bien de mi mamá, porque de ella son las cremas y tratamientos), me ha costado conservar.
Pongo sobre mis finos y delicados pies unos hermosos zapatos de tela negros con una rosa encima: muy coquetos.
Bajo las escaleras que a la cocina me han de ayudar a llegar: huevo revuelto, bolillo, jugo de naranja y cereal. Esto más que un desayuno parece bufete, qué horror; pareciera que mi mamá quiere que me ponga como Daniel Radcliffe de gordo. Sólo tomaré jugo.
Antes de salir por esa puerta, la cual al ser abierta dejará ver a mis vecinas muertas de envidia por mi vanidad; y a los chicos deseándome en secreto, o sacando sus represiones con gritos que dicen insultantes, pero en realidad a mí me excitan: ruborizo mis labios, me veo al espejo y retoco esas partes de mi cara que no dejan ver a mi blanca y suave piel perfecta.
Doy un giro a la llave para poder salir. Mi mamá me deja encerrado porque la otra vez Chucho, el vecino tres años mayor que yo, quería violarme; no sé por qué no me lo aclaró antes, pues si hubiese sido así, no habría gritado.
Chiflidos que erotizan mi cabeza y erizan mi cuerpo me reciben al dejar que el aire de las siete de la mañana me dé en la cara. Las pocas vecinas que se levantan para acompañar a sus hijos a la puerta de la vecindad no dejan de mirarme. Algunas me sonríen, otras se tapan la cara como si vieran a uno de esos padres pederastas que tantos hay por aquí y que ellas alaban. Doña Chole es la única que me da la bendición.
¡Adioooos!, le digo coquetamente a Víctor, el vecino más guapo de ese lugar tan horrendo, pero cachondo en el que vivimos. Él sólo enrojece y se mete con su camiseta en mano al cuartito que renta con su madre que no está en ese instante, al que yo quisiera ingresar desnudo y entre sus brazos algún día.
… Continúa







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