
Sábado, 22 de junio
Tengo miedo, vida mía. Esta noche un lobo ha cercado la casa y con sus fauses de nácar falso ha enturbiado los encajes de la luna. Un minuto antes yo miraba al cielo y soñaba con un traje de novia para ti, y un minuto despues la luna era una oblea de sangre derramada. Hubo un eclipse rojo y un alfanje mellado y los planetas buscaron por las mazmorras del cielo un culpable a quien ponerle las esposas. Pero nada encontraron, a pesar de que sé positivamente que se han tomado muy en serio su papel de detectives.
Nada saben de ti, ni del amor, ni de esta casa que recuerda y se consume y se abandona herida a los pliegues del tiempo.
Y es tan lenta, mi amor, la ojiva de la noche. Tan implacable el pulso monótono del día. Tan hediondo el perfume de nardos de la aurora. Tan sagrado tu cuerpo sentado en mis rodillas... Me aburro tanto, amor, y es tan larga la soga que me anuda a tu rastro y el ancla tan ligera y tan frágil la anilla...
Y, para colmo, hoy me han dicho que el corazón de las princesas está hecho de material inflamable, y que basta con acercar los labios a su pecho para que sus pezones de azúcar se flambeen como un postre para gourmets encorbatados, y para que el cuento bruñido de su vientre se encienda como el pebetero de la llama olímpica. Eso me han dicho. Y enseguida me imaginé doce atletas en tutú de seda acercando la boca al arca de tu párpados y levantando a besos las tapaderas, igual que un brocanteur descubría un díptico del siglo XIII para mirar nacer los colores del día.
Así que tengo miedo, ya te digo. Yo, que siempre he presumido de ser el Capitán Trueno y de sortear los fiordos de la vida como un corsario. Tengo miedo y me he recluido aquí, en el sillón donde te sientas cada tarde, y he cogido una antología de cuentos para niños y me he puesto a leer como una tonta. Y me he puesto una copa de Armagnac bien frío. Y me he atrevido a pensar que puede ser que donde estés, amor, quizá pueda llegarte el aullido largo de esta noche que se me va clavando entre los labios. Al fin y al cabo los cuentos son así, y hay princesas que,si pegan la oreja a la tierra, pueden oír el llanto de una mujer a la que cerca la nostalgia, como una fiera insomne con sus fauces nácar devorando la oblea de luna.
Y que tal vez, amor, allí donde esta noche te soprenda, Dios sabe en qué rincón y en qué oscura fragancia, dejarás por un momento las obligaciones, te sentarás conmigo al amor de la lumbre, al amor, que es la lumbre, y, a tu absurda manera,a tu ardiente manera, te decidirás a desnudarme muy despacio.
Y el firmamento entero, un voyeur, como sabes, se parará a escuchar cómo gimo mientras me vas contando el cuento de Caperucita.
(Del libro: Instrucciones para olvidar. Inés Marful)







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