Domingo, 23 de junio
Esta mañana he descubierto que nuestro edredón está cubierto de hojas secas. No sé cómo ha sido, pero de pronto se echó el otoño en nuestra cama y amanecí sentada en una alfombra de color ocre. Yo era apenas un bultito lloroso que intentaba sin éxito conciliar el sueño cuando una ráfaga de bayas resquebrajadas, de acículas de pino, de cigarras envueltas en su mortaja verde me fustigaron las piernas. Y tuve que cubrirme el rostro con las manos para no llorar ante tanta belleza.
Entonces, como si brotaran de un agujero más turbio y más profundo que los celos, me acordé de unos versos que siempre me recitas: <
Que me he quedado a hacer que se cumplan tus versos.
No sé rezar, amor, y la única oración que conozco me la enseñó tu boca una mañana. Era un canto pagano de saliva que amansaba la sed de todas las panteras. Mi biblia la han escrito tus chistes inocentes, y tengo apenas una estampa antigua donde una virgen rubia y lustral como el agua moja los tobillos en el mar de Álgeciras. Soy atea, o ni siquiera eso. Soy una pobre loca que te adora, y que arderá por ello en cualquier pira sin que nadie se apiade. Sin que vengan los santos a salvarme y sin que el Padre PIo me redima ungiéndome la frente con un trocito de cuero de sus sandalias.
Tampoco sé sufrir. Me desconcierto y confundo esta pena que me mata con el agua que cae brillando entre las rocas. Así que estoy aquí, perdida en pleno junio. Y mientras la gente prepara las malestas yo nado en un manglar de frutas disecadas.
Ya no se nada, amor: Se me olvidan las cosas, y no entiendo por qué te has ido sin llamarme, ni por qué no has dejado una nota en la nevera, ni si esto que te escribo cada tarde son versos o blasfemias. Si un dios que no eres tú me está culpando y prepara un infierno más duro que tu ausencia.
Sólo sé que es domingo y que estoy sola. Que está cayendo el día. Que camino a destiempo, que hay un altar vacío a los pies de la cama y no encuentro tu anilllo perdido entre las hojas.
Que se me ha echado encima el tigre del otoño. Y que he venido a hacer que tus versos se cumplan.
(Del libro: Instrucciones para olvidar. Inés Marful)







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